29 de junio de 2011

Teoría de Santiago de la Cognición

“No es cierto que los seres humanos somos seres racionales por excelencia.

Somos, como mamíferos,

seres emocionales que usamos la razón

para justificar y ocultar las emociones

en las cuales se dan nuestras acciones.”

Humberto Maturana

Todo ser vivo experimenta un largo recorrido

Una iguana puede detectar el peligro en medio de una selva densa, su excelente visión le permite ver sombras a grandes distancias: una boa prepara su ataque silencioso entre la vegetación, la iguana ya había advertido la amenaza, entonces se mueve ágilmente por otros parajes de la selva; al mismo tiempo la lluvia había comenzado, poco a poco el aguacero ya había inundado algunas partes de la selva, la iguana se zambulle en un riachuelo escondiéndose de su enemigo, la corriente la transporta hasta el otro extremo de la selva, pronto ese riachuelo se une a las corrientes de una cascada, y como corcho, es arrastrada hasta el destino final de esas corrientes: la caída de pronunciada pendiente de la cascada. La iguana resiste y persiste, son excelentes nadadoras, pueden durar bajo el agua hasta 15 minutos, ahora la corriente la ha arrojado hasta el extremo de la cascada. Ahora se encuentra en el otro lado de la selva, un lugar nuevo para ella. Ha pasado un día y la iguana no ha probado alimento. Se dispone a buscar alimento, come de algunas hojas, los nutrientes procedentes de las hojas son absorbidos por la sangre de la iguana, esto le da fuerzas para continuar su camino. Se dispone a buscar un sitio soleado donde permanecer recostada y digerir el alimento; trepa un árbol de considerable altura, sus fuertes garras y su larga cola le permite ser una ventajosa escaladora, se topa con un camaleón que vive en ese árbol. Se enfrentan y pelean por el territorio, los latidos del corazón de la iguana se aceleran, apenas pudo apaciguar su agitación por las corrientes y caída de la cascada, y ahora se enfrenta en una pelea, aún así se mantiene. El camaleón es bastante agresivo, y la iguana levanta su cuerpo mientras agita su cabeza de arriba abajo, como un ritual de defensa.

Todo este recorrido de la iguana, lo hizo percibiendo su entorno. Aunque parezca sencillo, la percepción del medio de un organismo es un proceso vital complejo: interacción, emoción, comportamiento, etcétera. Es decir, la apreciación o percepción del entorno es una actividad mental o cognición, y es esto en lo que se basa la Teoría de Santiago: la cognición es lo que mantiene con vida, en todos los niveles de vida, a los organismos. Sin siquiera requerir la existencia de un cerebro y sistema nervioso.

Según Humberto Maturana y Francisco Varela, desarrolladores de esta teoría, las interacciones de un organismo vivo –desde la célula más primitiva a la planta, animal o humano- con su entorno son interacciones cognitivas. Por consiguiente, la cognición es el proceso mismo de la vida. Por cognición (del latín cognosceré, “conocer”) se entiende como facultad de los seres vivos de procesar información a través de la percepción y del conocimiento adquirido. ¿Cómo pueden tener “conocimiento adquirido” las células y las plantas, por ejemplo? Esto lo podemos comprender observándolas: La célula, el organismo vivo más simple, se caracteriza por un perímetro (membrana celular) que diferencia al sistema (al organismo, a la célula) de su entorno. Dentro de ese perímetro se desarrolla una red de reacciones químicas (el metabolismo de la célula) mediante en las que “el sistema se sustenta a sí mismo”, es decir, se mantiene con vida. La membrana celular (el perímetro de la célula) no permanece siempre cerrada, sino que permanece siempre activa, como si pareciera “saber” o “conocer” el entorno con una exactitud indiscutible: se abre y se cierra constantemente para permitir la entrada de determinadas sustancias en la célula e impedir que otras penetren en ella, esto para incorporar sin cesar substancias procedentes del medio, a los procesos metabólicos de la célula, controlando su proporción y los mantiene en equilibrio. Además las protegen de las influencias dañinas del entorno.

Las plantas, a su vez, parecen “saber” qué clase de hormigas les van a robar el néctar, y se cierran cuando hay alguna cerca; sólo se abren cuando hay suficiente rocío en sus tallos para impedir que se trepen por ellos. Las raíces de las plantas que buscan su camino inquisitivamente hacia el interior de la tierra, parece que “saben” a dónde van, además sus capullos y vástagos describen círculos concretos, sus hojas y flores se inclinan y se estremecen ante el cambio, sus tallos y ramitas exploran en torno suyo y alargan sus brazos espectrales para tantear sus alrededores. Las raicillas están constantemente perforando hacia debajo de la tierra con sus filamentos, agarrándose firmemente a ella, y probando su sabor mientras siguen avanzando. Pequeñas cámaras huecas, en que se puede rebotar una esfera de almidón, indican a los extremos de sus raíces la dirección de la fuerza de gravedad. Cuando la tierra está seca, las raíces se vuelven hacia un suelo más húmedo, abriéndose camino por tubos enterrados, extendiéndose, hasta más de diez metros, con una energía capaz de perforar el cemento.

Una red que se regenera a sí misma

Según la teoría de Santiago, esta cognición está íntimamente relacionada con la autopoiesis (ó proceso de autogénesis de las redes vivas). La característica que define a todo sistema autopoiésico consiste en que experimenta continuos cambios estructurales, al mismo tiempo que conserva su patrón de organización en red. Los componentes de la red se producen y transforman unos a otros continuamente de dos formas distintas. La primera clase de cambios estructurales consiste en la autorrenovación; Por ejemplo, cada célula muerta es reemplazada por otra viva, de manera que se reciclan los nutrientes de célula a célula. Las raíces de las plantas, cuando se van desgastando las células perforadoras especiales al contacto con las rocas, y mueren, son reemplazadas por células que disuelven las sales minerales y recogen los elementos resultantes. Este alimento básico pasa de célula a célula hasta lo más alto de la planta, que constituye una sola unidad de protoplasma. No sólo la planta nos puede servir de ejemplo, todo organismo vivo nos sirve de ejemplo, puesto que todo organismo vivo se renueva a sí mismo continuamente mientras mantiene su identidad o patrón de organización; las víboras cambian de piel constantemente, los escorpiones, los cangrejos, camarones, arañas, lagartijas, etcétera. Incluso, los tejidos de todo animal, constituidos por células, incluyéndonos a nosotros, se renuevan constantemente; mis gestos, mis movimientos de las manos al teclear estas letras, en cada suspiro, cada que respiro, cada movimiento, cada que hablo en voz alta, mi boca, mi lengua, mis labios que hablan y hablan cambian continuamente sus células sin que yo me dé cuenta. Cada hora del día, millones de células mueren, y son reemplazadas en mi cuerpo. A pesar de este cambio incesante mantengo mi identidad, (ó patrón de organización) es decir, sigo siendo yo, como el río es el mismo, aunque agua nueva corre en su cauce.

La segunda clase de cambios estructurales en un sistema vivo la constituye aquéllas alteraciones que crean nuevas estructuras, nuevas conexiones en la red autopoiésica. Según la teoría, el sistema vivo se acopla al entorno estructurándose. La evolución por selección natural constituye la explicación generalmente aceptada de esta condición: la adaptación. Esta adaptación ocurre con toda la historia de una especie, de generaciones en generaciones, esto pude tomar miles de años, y cuando sucede, es irreversible, pues se codifica en su material genético (información genética de la vida del organismo). Para que esto ocurra el organismo es que tuvo que pasar por otros procesos como la ambientación a su entorno. La ambientación es diferente a la adaptación. La ambientación es reversible, y la adaptación no. Cada organismo se topa con factores que limitan o restringen su crecimiento, como la temperatura, agua, lluvias, tipo de suelo, disponibilidad de luz, salinidad, todos los factores abióticos, y también factores bióticos como depredación, parásitos, enfermedad, competencia por alimento, etc.; todo ese recorrido de un organismo, cuando activa los cambios, sin necesariamente codificar la información en su material genético se dice que es una ambientación ; el organismo cambia, pero puede regresar a su estado original. Un coyote que migra de un valle hasta los declives altos de una gran montaña, en busca de agua o comida, su respiración se empieza a incrementar, para adquirir el oxígeno adecuado, esto debido a la altura, (un factor abiótico implicado), sin embargo, después de un tiempo, la respiración del coyote comienza a disminuir hacia los valores que tenia originalmente.

Entonces, cuando la adaptación ocurre, es porque tiene una base genética, pasa de generación en generación. El organismo es un registro de sus cambios estructurales originarios y, por lo tanto, de sus anteriores interacciones. A través de la historia de la iguana podemos ver muchísimas cosas: tiene una excelente visión, puede ver sombras a grandes distancias, son grandes nadadoras, pueden durar bajo el agua hasta 15 minutos, también sus garras afiladas y su larga cola le permite trepar árboles con agilidad; todas estas virtudes posiblemente a la iguana le haya costado generaciones y generaciones activar los cambios, a través de repetidos obstáculos y acontecimientos. Según la Teoría de Santiago, un sistema estructuralmente acoplado es un sistema que aprende. Los continuos cambios estructurales en respuesta al entorno –y el resultante proceso de adaptación, aprendizaje y desarrollo constantes-constituyen características clave del comportamiento de todo ser vivo.

Pero el entorno no hace más que activar los cambios estructurales, no los especifica ni los dirige. El organismo especifica sus cambios estructurales, es decir, él decide que cambios en su estructura hacer, y no tan solo decide, sino también resuelve qué perturbaciones del entorno van a activar esos cambios, en otras palabras, también decide que efectos en el ambiente activarán los cambios en él. Con esto tenemos que el organismo decide y solventa; puesto que detalla el alcance de su cognición. Esto lo explica muy bien Maturana y Varela en la Teoría de Santiago: “Nunca es posible dirigir un sistema vivo, sino tan sólo perturbarlo”.

Mente y materia vs mente y consciencia

En esta Teoría, tenemos que las interacciones de un sistema vivo con su entorno son interacciones cognitivas. La identificación de la cognición, con la vida diaria de cualquier organismo, constituye una idea completamente nueva en la ciencia, aunque también es una de las intuiciones más profundas y antiguas de la humanidad. Ubiquémonos en donde hemos estado durante más de tres siglos: en el siglo XVII René Descartes basó su visión de la naturaleza en la división fundamental entre dos ámbitos separados e independientes, el de la mente –o sustancia pensante-, y el de la materia –o sustancia extensa-. Esta división conceptual entre mente y materia ha dominado la ciencia y la filosofía occidentales por más de tres siglos. Científicos y filósofos continuaron considerando a la mente separada de la materia, con lo que quedaban incapacitados para imaginar cómo podía estar relacionada con el cuerpo aquella –sustancia pensante-.

La definición cartesiana de la mente como “sustancia pensante” es descartada: la mente ya no es una sustancia, sino un proceso; el proceso de conocer o percibir (cognición), es decir, la conciencia no es una sustancia, sino una corriente continuamente cambiante: un proceso. Puesto que el organismo vivo responde a influencias del medio con cambios estructurales, cambios que alterarán a su vez el comportamiento futuro del organismo vivo. Esto se puede interpretar como un aprendizaje. Aprendizaje y desarrollo.

Superar el “hechizo cartesiano” no está tan fuera de nuestro alcance: mente y materia, como lo constituye la división cartesiana, o cognición y estructura, no pertenecen ya a dos categorías distintas, sino que pueden ser vistas como manifestaciones de dos aspectos complementarios del fenómeno de la vida en todos los niveles de vida, desde la célula más simple hasta los organismos más complejos, mente y materia, o cognición y estructura están inherentemente conectados.

Nysaí Moreno.

1 comentario:

  1. Muchas gracias por compartir sus muy buenas reflexiones sobre la Teoria de Santiago, estoy en el estudio del un Doctorado en Educacion con la Universidad la Salle y su trabajo despues de las lecturas asignadas refresca mucho..
    Gracias lenindec@hotmail.com

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